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Ya hemos hablado en otras ocasiones de mis necesidades de leer historias al límite, que rompan. Aún no puedo definir muy bien lo que siento cuando leo, una novela por ejemplo, o un cuento que hablen sobre temas cotidianos: violentos, plagados de referencias al caos social, con lenguaje soez, y digo que no puedo definir lo que siento porque en otras ocasiones he descrito como “se me desgarran las entrañas” no sé si es lo más adecuado, pero es cierto que algo se mueve. A veces se deslizan sin darme cuenta y me sumerjo a esa sensación de a poco, eso me pasó con Indio Borrado de Luis Felipe Lomelí, novela que reseñamos esta semana.

Luis Felipe Lomelí nació en Etzatlán, Mexico, en 1975. Es Ingeniero Físico, Ecólogo y Doctor en Filosofía. Su trabajo ha sido publicado en diversos países y parte de su obra literaria ha sido traducida a más de una docena de idiomas, entre estos el árabe, italiano, japonés, inglés, húngaro, chino, francés y portugués. Ha sido becario por diversas instituciones nacionales e internacionales como la Organización de Estados Americanos, el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, la Fundación para las Letras Mexicanas y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología. Entre sus reconocimientos recibidos destaca el Premio Latinoamericano de cuento Edmundo Valadés por el Cielo de Neuquén, publicado en su libro Ella Sigue de Viaje, dónde también se incluye “El Emigrante”, considerado el cuento más breve de la lengua española: “¿Olvida usted algo?- Ojalá”. Desde 2013 es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

Indio Borrado, cuenta la historia de “El Güero”, un personaje inmerso en la violencia. El caos reina en todo lo que le rodea, incluso en su propio núcleo familiar: ya no soporta el llanto del Cabrito, el hijo de su hermana, las ojeras de su madre, el olor de su padre. Entre los recuerdos de su niñez, cuando vendía serpientes de madera con su hermana la Leidi, los consejos de su tío Absalón y las voces de unos fantasmas que le hablan del pasado de su ciudad y de sus ancestros, el Güero debe lidiar con el paso a la adultez y los sentimientos dominados por la ira. Profundamente marcado por su rol en la pandilla de los Rats y su primer trabajo como albañil, e hipnotizado por los ojos de gata de Lina, el Güero tendrá que descubrir cuál es su lugar en el mundo, pero sobre todo, nos hará saber cuál es su más profundo deseo. Aún no llega su padre a casa, pero sí el momento de acabar con esa sombra que lo ha sumido en la furia y el rencor desde hace años.

El narrador omnisciente que todo lo ve y nos narra lo que pasa con el Güero, describe su cotidianeidad, normalizar la violencia, pan de cada día… todo lo que sucede en Monterrey una ciudad tan grande que se centra en unas cuántas manzanas de un barrio marcado por sus pandillas y sus conflictos, por el resistol inhalado y las ampollas del trabajo como albañil… yo casi no percibo que el Güero tiene 13 años, es un niño que juega a ser adulto que apenas va en segundo de secundaria y ya dispara balazos y tiene un futuro poco esperanzador.

Pero cómo sabemos en la calle es dónde se vive, dónde se aprende dice el texto la Revolución del Proletariado, tierra de nadie ¿Por qué lo que leemos no suena ajeno? Hay una radiografía del México actual, o es mera ficción fantasiosa, tal vez dependa de si quieras ir más allá de la cuadra dónde las calles con asfalto terminan y las viviendas pierden sus proporciones, dónde abundan los tendederos afuera llenos de lazos de ropa desgastada, tal vez ahí el relato de la historia de vida del Güero se nos presente como esa ráfaga de aire que nos cala los huesos.

El Güero representa a esos miles de “nuevos olvidados” que la estadística no cuenta o borra a su pretensión, por eso como les compartía al principio, no sé cómo describir lo que se mueve en mi cuerpo y mis emociones cuando veo a este Güero y a esta Lina, y a los miles de ellos que pasan así como si fueran invisibles en el mundo.

Lectura imprescindible para mirarnos, con capítulos cortos y contundentes algunos constituidos como micro historias, como este fragmento:

“Si el güero hubiera disparado, después de la batalla habría ido a casa de Lina, varilla en mano, como estandarte glorioso: el guerrero que vuelve después de la victoria para compartir el júbilo y el remanso.

Y llevaría su estandarte y la sangre de sus enemigos pegada al cuerpo, húmeda en la ropa, seca en el rostro con el polvo del cemento, revuelta con la tierra sobre las líneas negras del tatuaje que cubrirían las pecas de su infancia.

Indio borrado

Indio guerrero”


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